Estamos en deuda con Central

Sin ánimo de controversias inconducentes, quisiera poder expresarme con la libertad y el derecho que me da ser socia desde hace más de 11 años.

El Club, la Institución llamada ROSARIO CENTRAL, ha sido conducida a un lugar absolutamente injusto, a juzgar por la rica historia que define nuestra  identidad  a lo largo de sus 120 años de vida. Sin embargo no es necesario ser expertos en política ni en sociología para comprender  que nuestra enorme masa societaria ha sido partícipe necesaria de esta debacle institucional por la que todos penamos día a día.

Podría decir que es comprensible y hasta justificable que en las coyunturas electorales, muchos se inclinen por propuestas optimistas y aparentemente fuertes o capaces de gestionar.  Es casi una lógica: cuando más agobiados nos sentimos frente a una crisis prolongada imprudentemente, más necesidad tenemos de escuchar mensajes que actúen como paliativos para disminuir la angustia. Parecería que en esas instancias nuestros oídos se encuentran inhabilitados para escuchar y para permitirnos reflexionar acerca de las causas que producen esas consecuencias que tanto nos fastidian y duelen.

Partiendo de esta premisa, bastan un par de caras conocidas (hay una importante demanda de saber quién es el candidato, demanda ingenua a mi entender, ya que “ser conocido” no es garantía ni de probidad ni de idoneidad) y un discurso apuntado a mitigar la incredulidad y a despertar genuinas esperanzas.  A este punto las definiciones conceptuales o los argumentos basados en análisis concienzudos respecto a la situación institucional en sí, pierden fuerza.

A partir de esta ecuación, surgen los Scarabinos, Usandizagas, Bellosos, todos ellos rodeados de necesarios colaboradores, muchos con buenas intenciones y otros tantos “escondedores” de objetivos inconfesables.

Scarabino arribó a la presidencia de RC basándose en su experiencia como ladero de Vesco. A pesar de que no tenía un perfil alto, procedía de años participando de una gestión que, si bien ambigua, se definía como fuerte y reivindicativa. Más allá de algunas frustraciones deportivas que fueron desbaratadas por otros tantos logros que nos dieron verdadera felicidad. No hace falta extenderme respecto a la gestión Scarabino: un bochornoso fraude lo catapultó a una segunda gestión ilegítima y, tras pedidos de licencias y rechazos de reincorporación, manchados con  desmanejos brutales de las finanzas y del patrimonio que representan los jugadores, terminamos en una intervención a poco menos de 1 año de su reelección.

Usandizaga, entonces, con su temperamento visceral y avasallador (el que terminó siendo imprudente y tormentoso) irrumpió en el ya enrarecido clima canalla, prometiendo mano dura para con las barras bravas, más varios campeonatos que nos devolverían las alegrías perdidas.  Sus irreverencias verbales terminaron siendo un slogan para muchos canallas, traicionando así una larga historia de lealtades y dignidad, valores  que no nos permitían sacar a relucir los conflictos internos.  “Los voy a matar a todos estos hdrmp…” fue la perla usandizaguista, la que se colgaron del cuello muchos socios e hinchas desmemoriados y/o desconocedores de nuestra historia. De allí a una situación de desunión interna, hubo un paso. No hace falta ser muy vivaracha/o para comprender que la corporación de jugadores no perdona fácilmente este tipo de afrentas.

Como con Scarabino, no necesito seguir el relato. La B, una deuda descomunal  y el enfrentamiento antes mencionado, fueron la síntesis de la gestión Usandizaga.

Y luego, por rara conjunción de cara conocida y promesas coloridas, cae del más auriazul paracaídas Don Gonzalo Belloso quien, apenas un par de meses antes de asumir con la lista Raza Canalla, confesaba frente a las cámaras de Canal 3 su más absoluta inexperiencia y la necesidad de hacerse camino en las arenas políticas para después sí, “dentro de unos años”, afirmarse como propuesta para gobernar a nuestro Central.

Es evidente que las palmeadas en la espalda y el apoyo de sus viejos amigos de popular (esos mismos personajes que habían sido despreciados por la mayoría de los socios un par de años antes, facilitándole una avalancha de votos a aquel Usandizaga que prometía  combatirlos), lo envalentonaron para lanzarse del paracaídas antes de lo previsto. Acá sí, increíblemente, la pobreza argumentativa da para un poco más de reflexión: Autopista a la A, perdimos la divisional no la categoría, no voy a cobrar, esto es un Club de amigos, soy rosarino y canalla, sacarse el chip de la B, y otros mamarrachos que ya prefiero ni recordar, fueron todo el sustento del novato Belloso para ponerse al frente del Futbol Profesional canalla.

Está claro que tanto Scarabino, como Usandizaga y, al fin, Belloso, supieron “leer” cuáles eran las declaraciones que más impacto positivo producirían en nuestro inconsciente colectivo, alimentando la fantasía que anhela vernos campeones.  No importa cómo, no importa de la mano de quién, no importa cuándo. Lo que importa es que nos digan lo que queremos escuchar…

Lo peor de todo, amigos, no es precisamente la crédula ingenuidad que lleva a muchos a extender sus manos para acercar a los peores enemigos. Lo peor de todos, es la paciencia que se les tiene, una vez adentro, a esos impresentables dirigentes. Porque si bien es cierto que la democracia debe ser respetada y, por ende, la decisión de las mayorías aceptada, aún por los “derrotados”, es hora de comprender que nuestra obligación no termina en el momento de meter la boleta en la urna. Por el contrario, allí comienza el derrotero de un socio comprometido, que defiende a su Club por sobre todas las cosas.

Y defender a Central es exigir, es  no callarse, es aprender de la experiencia, es asumir errores. Es asistir a las Asambleas, es pedir información sobre los actos de gobierno, es aprender a “leer” lo que se nos dice desde los medios de comunicación, y discernir esos mensajes.

Es madurar como pueblo canalla. Y ser menos contemplativos cuando comenzamos a vislumbrar que aquellas promesas electorales que tanto nos entusiasmaron, quedaron en el tiempo, perdidas debajo de la incapacidad, la inescrupulosidad y la soberbia de aquellos en quienes creímos.

No es esto una proclama de “tolerancia cero” sino un llamado a despojarnos de la necedad y a ponernos la camiseta de socios involucrados. De nada sirven las polémicas entre nosotros. Sí sirve, en cambio, ocupar los espacios que nos corresponden por derecho y por pertenencia.

Sigo con el mismo ánimo con que comencé esta extensa nota: no pretendo generar controversias. Por el contrario, mi intención es ni más ni menos que un intento de reflexión conjunta.

Porque, en definitiva, todos los canallas, hayamos votado a quien hayamos votado, estamos a la deriva en el mismo barco.